Patologías que nos gobiernan
Concellofrenia o alcaldiofrenia.- patología mental, habitualmente ligada a diversos grados de oligofrenía y paranoia, por la que un alcalde o alcaldesa manifiesta estados mentales patológicos por los que elabora una discurso mental ficticio que le hace creer que el pueblo le pertenece y que sólo sus ideas son las apropiadas, convenientes y correctas. Esta patología puede afectar en grados variables a los demás componentes de un equipo de gobierno.
Las causas científicamente admitidas de esta enfermedad son habitualmente culturales, motivadas por una educación incompleta que ha generado o potenciado los resultados previsibles de una inteligencia escasamente desarrollada.
Se apuntan varios factores que inciden, apoyan y agravan este transtorno:
1.- Antes de la instauración de los regímenes democráticos estaba socialmente asumido que un gobernante era dueño y señor de las tierras que gobernaba. Algunos regímenes políticos dictatoriales sostuvieron en mayor o menor grado esta postura. Por ejemplo: España era de Franco; en consecuencia, los gobernantes locales asumían que participaban de esa “posesión” creyéndose tocados por la gracia divina y encomendados a poseer la porción de tierra o area de poder con que hubieran sido bendecidos.
Naturalmente, en los regímenes democráticos esta posición es radicalmente distinta y los gobernante, teóricamente, asumen el papel de gestores y administradores de lo que el pueblo posee. Lamentablemente sigue pesando el lastre histórico y el cerebro de muchos (y muchas) de las personas que asumen tales cargos muestra signos de falta de adaptación a la nueva realidad cultural y política.
2.- Está admitido generalmente que uno de los grandes impulsores del comportamiento humano es la “necesidad de ser reconocidos” o la “necesidad de ser grandes”. Socialmente impera la creencia de que el dinero es un camino seguro para conseguir ese reconocimiento. El dinero se asocia al poder y ambos elementos tienden a asociarse en el entramado cerebral de muchos sujetos a la felicidad.
En consecuencia, las personas incapaces de alcanzar por otros medios grandes cantidades de poder-dinero-fama vuelcan sus miras a la actividad política.
Si la actividad política está clasificada en sus cerebros como un medio para alcanzar el objetivo de la felicidad a través del poder-dinero-fama harán todo lo posible por llegar a labrarse un puesto en cualquier entramado político a su alcance.
Una vez alcanzado un puesto aceptable (alcalde o alcaldesa, por ejemplo) su actividad cerebral se ve impelida a una actividad frenética para aprovechar al máximo el tiempo (teóricamente limitado) y transformar sus acciones en medios para alcanzar esa hipotética felicidad.
Cualquier persona inteligente se daría cuenta en seguida que la actividad política conduce, usualmente, a estados totalmente contrarios a la imagen soñada de la felicidad. Por eso, finalmente, la actividad se transforma en una caótica sucesión de ideas destinadas a proporcionar a la víctima alguna suerte de sucedaneo en forma de obras que les concedan cierto (y ficticio) grado de “inmortalidad” y sobre todo dinero… que es el gran sucedaneo de los valores que racionalmente se pueden considerar asociados a la felicidad: seguridad, valor, inteligencia, aceptación de uno mismo, adaptación al medio y las circunstancias, paz interior, pensamiento equilibrado, emociones positivas, conocimiento, curiosidad cultural, generosidad, tolerancia, sinceridad, alegría, capacidad para valorar el momento, conciencia, etc.
Y estas son las razones principales por las que la actividad de los que podrían ser felices administrando y gestionando el patrimonio de los pueblos de forma honesta y razonable se terminan convirtiendo en seres neurasténicos, nerviosos, irreflexivos, paranoicos y finalmente enfermos y hasta depresivos castigándose con todo tipo de emociones negativas como resultado de una lucha continua y estresante contra el tiempo, las críticas, la oposición y hasta las opiniones de los propios integrantes de su círculo o partido. Una lucha extenuante que deriva en un constante exceso de adrenalina y en afectaciones orgánicas irreversibles.
Lamentablemente algo radicalmente alejado de la ansiada e inalcanzable felicidad.
Porque, en general, las personas felices no han buscado nunca la felicidad. Sólo el hecho de buscarla supone que nunca se terminará encontrando. La felicidad nunca es un estado de tener, sino un estado de ser.
[Magnus Liberssen - Patologías que nos gobiernan - Editorial Montparnasse]
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O que non me acaba de quedar claro é se é unha fase previa ou é máis grave que o síndrome da moncloa
Eso ya pertenece al campo de las macropatologías cuyo último grado es el síndrome del Master del Universo. Magnus Liberssen era un tipo modesto en sus investigaciones.